El profesor Humbert Humbert
juega, juega al ajedrez.
Cuando el calor sube, sube
piensa, piensa en su vejez.
Un rumor de risas blancas
trepa cual enredadera,
son las niñas y sus faldas
retando a la ventolera.
Ella canta en el recreo,
él le da literatura,
dice mirando el tablero:
“esta vida no es tan dura.
Nabokov murió, yo vivo,
y son ellas tan reales
que tan solo este suspiro
alivia todos mis males”.
Ellas siguen con sus juegos,
él ha perdido la reina,
el sol inunda de fuego
sus cabellos y los peina.
El recreo ha terminado,
la partida está perdida,
las nínfulas van volando,
Humbert vuelva a su guarida.